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La Tarea de un Padre

La Tarea de un Padre

Por el  Padre James Phalan, C.S.C.

José había anhelado ese momento durante mucho tiempo. Este viaje al Templo sería otro acto importante en su deber sagrado como padre judío. Hacía doce años que había puesto nombre al niño y lo había presentado al Señor en el Templo. El niño había sido tan receptivo como María y él le había enseñado los caminos de la Alianza. En la sinagoga, mientras escuchaban la Torá y rezaban salmos, parecía que el niño recordaba algo que ya estaba muy dentro de Él. Sabían bien lo que el Ángel les había dicho del muchacho. Sin embargo, verle madurar en sabiduría y gracia era tan maravilloso como sorprendente. Ahora era el momento de llevarlo de nuevo al Templo. Un gran momento; sin embargo, tal vez deberían haber esperado lo inesperado.

Todo había ido tan bien durante la peregrinación en la Ciudad Santa. Podían ver la alegría en los ojos de su hijo y podían sentirla en su corazón. Estar en el Templo era, para él, como volver a casa. Así que José pensó que podía estar tranquilo cuando iniciaron el viaje de regreso a Nazaret, hasta que…

¿Cómo podía ser esto? No tenía sentido. ¿Dónde estaba Él? ¿Dónde estaba Él? ¿Cómo podía ser esto? Oímos que buscaban con gran ansiedad, por el bienestar de su hijo y más. Esto parecía tan contrario a todo, como un mundo que se había desbaratado.

Tres días de búsqueda de Jesús, el niño: tres días que Jesús, el hombre pasará en la tumba. Un mundo que se ha ido al traste.  

 

«Después de tres días le encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas». (Lucas 2:46)

 

Su serenidad y claridad ante la pregunta de María hace que sus preguntas sean aún más penetrantes: ¿Por qué me buscabas? ¿No sabíais que Yo debía estar en la casa de mi Padre? Está diciendo algo más que: «Por supuesto, deberías haberme buscado aquí en el Templo».  

Estamos llamados, con María y José, a comprender lo que significa estar en la «casa» del Padre. Debemos comprender y compartir algo de la profunda atracción de Jesús por el Templo como la Casa de su Padre en la tierra, y profundizar aún más. A veces oímos que se traduce como los negocios o asuntos de mi Padre. Jesús vino a hacer la voluntad de su Padre, los asuntos de su Padre. ¿De qué se trata? La clave que abre la puerta son los tres días, una frase que en los Evangelios apunta al Sacrificio Pascual, al Misterio Pascual.  

Jesús pide a María y a José -y a nosotros- que se unan a Él para «estar en» el Misterio Pascual, la obra de la salvación, para acompañarle en el camino.  

 

Cómo les duele a los padres las pruebas y los dolores de sus hijos, sobre todo cuando las cosas se tuercen o las malas decisiones llevan a consecuencias aparentemente implacables.  

 Pero incluso entonces la fe en Jesús nos lleva a entender los desafíos de la vida como una participación en los asuntos de nuestro Padre, no simplemente como sucesos dolorosos que hay que soportar. Más bien, como José y María fueron llamados a profundizar en su comprensión del misterio que es Cristo entre nosotros, con ellos podemos llegar a abrazar la Cruz.  

 Con José y María debemos buscar a Jesús como la Esposa del Cantar de los Cantares busca a su Amado. Es la búsqueda del alma, el anhelo del corazón por el amor: por el amor a éste, el Verdadero Esposo. Esta búsqueda se convierte en encontrar al Dios que es Amor a nuestro alrededor, especialmente en los que amamos, en nuestros hogares, en el amor cotidiano. También encontraremos el dolor. Muy a menudo llevamos la Cruz: ¡porque amamos, porque compartimos las cruces de los que amamos! Cuando recordamos entonces que Dios es amor, si bien eso no significa que desaparezcan los desafíos, las dificultades o los dolores, podemos saber que DIOS ESTÁ CON NOSOTROS, DE VERDAD. Se abre un nuevo camino, ese camino que María y José fueron invitados a comprender más profundamente aún, aquel día en el Templo. José moriría antes de que Cristo iniciara su ministerio público. María se quedó para estar junto a la Cruz, unida de corazón a corazón con Jesús mientras salvaba al mundo. En nuestras cruces cotidianas debemos ser el Discípulo Amado al lado de la Cruz, unidos también en la obra.  

 

 Este amor amable lleva a la resurrección.  

 Ocupémonos de los asuntos del Padre. 

 

 

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