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Fátima, el Padre Peyton y el triunfo del Inmaculado Corazón de María

En 1917 el mundo estaba en guerra y Europa era el campo de batalla. En la periferia, lejos de los centros de poder, la Virgen eligió revelar su mensaje de paz a tres jóvenes pastores en la campiña portuguesa. En otra parte de esa periferia, en la Irlanda rural occidental, vivía otro niño de la misma edad. Él también estaba siendo educado en ese mensaje en su pobre pero feliz hogar mientras rezaban el Santo Rosario todas las noches.

En Fátima, la Virgen habló de la guerra y prometió la paz. Efectivamente, la Primera Guerra Mundial terminó pronto. Sin embargo, su mensaje de que la humanidad está atravesando tiempos difíciles nos sigue hablando ahora. Tenemos que volver a Cristo. ¡Necesitamos rezar! Tenemos que intentar reparar el daño que hemos causado con nuestro ¡egocentrismo!

Sin embargo, el corazón del mensaje va más allá y abre horizontes a nuestra verdadera esperanza. En realidad, mirando al mundo, no necesitamos una aparición para saber que la humanidad atraviesa tiempos difíciles. Pero sí necesitamos ayuda para comprender más profundamente lo que está sucediendo. La clave es la conclusión del mensaje de Nuestra Señora de Fátima a los niños: «Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará». Esta es una promesa sorprendente que debería inspirar una auténtica esperanza. Hace tiempo que entendí acerca de la predicción de San Juan Pablo II sobre la llegada de una primavera del Espíritu Santo. En efecto, Dios está con nosotros, especialmente cuando parecemos cubiertos por una nube como la de Covid 19. Habrá serios desafíos (¡mira los últimos cien años más o menos!) pero Dios, con Nuestra Señora nos llevará a algo nuevo, a una condición de renovación y paz en un futuro no lejano. No tenemos claro cómo será eso, y cómo llegará depende de las decisiones de la humanidad. Esta es una promesa a la que debemos aferrarnos y que debe inspirar nuestras acciones.

1942, veinticinco años después: dos de los pastores-visionarios de Fátima, Jacinta y Francisco habían muerto jóvenes, pero en santidad. Lucía continuaba su misión como monja. El niño de Irlanda, Patrick Peyton, se había convertido en un sacerdote de Santa Cruz en los Estados Unidos después de una repentina recuperación de un caso casi mortal de tuberculosis, a través de la oración a la Virgen. Sabiendo que él también había sido llamado por la Virgen para una misión especial, rezó para que le fuera revelada. El mundo estaba de nuevo en guerra. En el horizonte se vislumbraba una crisis familiar. La respuesta le llegó con claridad: el Rosario en Familia. La oración familiar que aprendió en su casa iba a ser un poderoso instrumento para la unidad familiar y para la paz mundial.

Cada vez que la Virgen se había aparecido en Fátima, repetía: «Quiero que mis hijos recen el Rosario todos los días», como parte de su llamada a la conversión y su promesa de paz. La misión que ella le dio al Padre Peyton de llevar su mensaje a los hogares. El Padre Peyton llevó su mensaje por todo el mundo de que “la familia que reza unida permanece unida”, con una velocidad sorprendente que indicaba ¡qué Nuestra Señora quería que se escuchara!

El Padre Peyton murió en 1992 y la Hermana Lucía en 2005. Ella había dicho 20 años antes que el matrimonio y la familia serían los grandes campos de batalla en nuestros tiempos entre Cristo y Satanás. El mundo y la familia atraviesan tiempos difíciles. Pero tenemos la promesa de que el Corazón Inmaculado de María triunfará en la llegada de la Primavera del Espíritu Santo. Esto es una buena noticia, ¡ESPERANZA viva!

Nuestro camino ahora no está en el miedo: más bien en la confianza, el amor, la unidad, la fuerza, la paz y la alegría que vienen de conocer a Cristo. Se requiere una firme decisión de apartarse del pecado. El Rosario, la Escuela de María es una oración pedida por Ella para ayudarnos a vivir así en nuestros hogares. La renovación de la fe en el hogar es de vital importancia para el mundo.

La Hermana Lucía lo sabía. El Padre Peyton lo sabía. Es tan sencillo que puede parecer simple para algunos. Por el contrario, es parecido al «pequeño camino» de Santa Teresa: bastante profundo e incluso radical. Vívelo en tu casa. Invita a otros a hacer lo mismo. Confía en que «al final, mi Corazón Inmaculado triunfará».

 

Por el 

Padre James Phalen, C.S.C

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