Santo Rosario

CÓMO REZAR EL ROSARIO

  1. Mientras sostenes el Crucifijo, haz la Señal de la Cruz y luego recita el Credo.
  2. En la primera cuenta grande recita un Padrenuestro.
  3. Reza un Ave María en cada una de las tres siguientes cuentas pequeñas.
  4. Recita el Gloria antes de la siguiente cuenta grande.
  5. Anuncia el primer misterio del Rosario de ese día y recita un Padrenuestro en la siguiente cuenta grande.
  6. A continuación encontrarás un grupo de diez cuentas pequeñas (una decena). En cada una de ellas reza un Ave María mientras reflexionas en el misterio.
  7. Recita un Gloria luego de las diez avemarías. Después puedes rezar la oración de Fátima.
  8. Reza de la misma forma los cuatro misterios restantes: anuncia el misterio, recita un Padrenuestro, diez avemarías y un Gloria mientras meditas el misterio.
  9. Al final del quinto misterio, suele rezarse el Salve Reina para terminar el Rosario.

MARÍA ELEGIDA POR DIOS

MARÍA DESDE EL PUNTO DE VISTA DE DIOS

María es su creatura más perfecta; la que aceptó llegar a ser por completo lo que Dios se propuso al crearla. La que nunca le dijo que “no” y, por eso, su vida fue un puro crecimiento sin retrocesos. María es, a los ojos de Dios, la creatura que más plenamente tomó conciencia de su vocación y realizó su misión. María es, para Dios, la creatura predilecta.

Para el Padre

María es la que alegra el corazón del Padre Dios, aquella de la que dice la oración: “Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza…” María es aquella a quien el ángel dice en la Anunciación: “Te saludo, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Lo que quiere decir: alégrate, porque Dios te ha hecho hermosa, graciosa, encantadora a sus ojos; su alegría está en ti, te busca y siempre quiere estar contigo. Es la hija predilecta del Padre.

Para el Espíritu Santo

María es hermosa porque durante toda su vida escuchó a Dios y consintió en dejarse llenar por el Espíritu Santo. Se convierte así en el templo del Espíritu Santo, la creatura dócil que se deja conducir e inflamar por el amor que viene de Dios para derramarlo en los hombres.

Para el Hijo

Es la Madre amada. A partir del momento del “sí” a Dios y de la encarnación, durante nueve meses se fue gestando en ella el Hijo de Dios. El Hijo de Dios crece en ella y el crecimiento continúa después, día a día, a lo largo de la vida de Jesús. María lo alimentó y lo educó a junto con San José. No solo le dio los rasgos físicos, culturales y religiosos. Lo formó en el amor al Padre de los cielos. Siempre le dio ejemplo de escuchar y cumplir la voluntad de Dios.

María es la Madre que acompañó a su Hijo y le fue fiel hasta el pie de la cruz, donde se necesitaba mucho valor (Jn 19, 25-27). Es la Madre generosa que acepta entregarlo por la salvación de los hombres y la que conduce a los hombres hacia él.

BENEFICIOS

En “El Secreto Admirable del Santísimo Rosario”, San Luis María Grignion de Montfort resume de este modo los beneficios de esta devoción, cuando se meditan los misterios:

  1. Nos lleva a conocer cada vez mejor a Jesucristo;
  2. Purifica nuestras almas del pecado;
  3. Nos permite vencer a todos nuestros enemigos espirituales;
  4. Nos facilita la práctica de las virtudes;
  5. Nos abrasa en amor de Jesucristo;
  6. Nos enriquece con gracias y méritos;
  7. Nos proporciona con qué pagar todas nuestras deudas con Dios y con los hombres, y
  8. Nos consigue de Dios toda clase de gracias.

Mayor conocimiento de Jesucristo

Monfort llama al conocimiento de Jesucristo “la ciencia de la salvación”. Sin ese conocimiento, no podemos salvarnos. Escribe el santo:

“¡Dichoso Rosario, que nos proporciona la ciencia y el conocimiento de Jesucristo, haciéndonos meditar su vida, su muerte, su pasión y su gloria! La reina de Saba, admirando la ciencia de Salomón, exclamaba: ‘Dichosos tus criados y sirvientes, que están siempre en tu presencia y oyen los oráculos de tu sabiduría’; pero más dichosos son los fieles que meditan atentamente la vida, las virtudes, los sufrimientos y la gloria del Salvador, porque adquieren de este modo el perfecto conocimiento en que consiste la vida eterna”.

La conversión y el perdón de los pecados

Dios usa el Rosario para llevarnos a la conversión. Sigamos escuchando a Montfort:

“La Santísima Virgen reveló al Beato Alano que, tan pronto como Santo Domingo predicó el Rosario, los pecadores empedernidos se convirtieron y lloraron amargamente sus crímenes, los mismos niños hicieron penitencias increíbles y el fervor fue tan grande, por doquiera que se predicó el Rosario, que los pecadores cambiaron de vida y edificaron a todos con sus penitencias y su enmienda de vida.

Si sentís vuestra conciencia cargada con algún pecado, coged el rosario, rezad una parte en honor de algunos misterios de la vida, pasión o gloria de Jesucristo y estad persuadidos de que, mientras meditáis y honráis estos misterios, Él, en el cielo, mostrará sus llagas sagradas a su Padre, abogará por vosotros y os obtendrá la contrición y el perdón de vuestros pecados”.

Victoria en el combate espiritual

El Rosario es un arma poderosa para derrotar las tentaciones y para conseguir liberación de las opresiones demoniacas. Como explica Montfort:

“Esta vida es de guerra y tentaciones continuas. No tenemos que combatir a enemigos de carne y sangre, pero sí a las potencias mismas del infierno. ¿Qué mejores armas podemos tomar para combatirlos que la oración dominical, que nuestro gran Capitán nos ha enseñado [el Padrenuestro]; la salutación angélica, que ha ahuyentado a los demonios, destruido el pecado y renovado el mundo [el Avemaría]; la meditación de la vida y de la pasión de Jesucristo, que son pensamientos que debemos tener habitualmente presentes, como manda San Pedro (…)? “Desde que el demonio -dice el Cardenal Hugo-, fue vencido por la humildad y la pasión de Jesucristo, apenas puede atacar a un alma que medita estos misterios, o, si la ataca, es derrotado vergonzosamente.”

San Luis María Grignion de Montfort cuenta varias historias de misioneros que encontraron en el rosario la forma de vencer al enemigo:

“Al Padre Juan Amat, de la Orden de Santo Domingo, predicando la cuaresma en un lugar del reino de Aragón, le trajeron una joven posesa, y después de haberla exorcizado varias veces inútilmente, le puso al cuello su rosario, ella comenzó a dar gritos espantosos, diciendo: “¡Quitadme, quitadme estos granos que me atormentan!” Por fin, el padre, compadecido de ella, le quitó el rosario del cuello.

La noche siguiente, cuando este padre estaba descansando en su lecho, los mismos demonios que poseían a la joven vinieron a él furiosos para apoderarse de su persona, pero con su rosario, que tenía fuertemente cogido en la mano, a pesar de los esfuerzos que hicieron para quitárselo, los golpeó y arrojó, diciendo: ‘¡Santa María, Virgen del Rosario, amparadme!

Cuando a la mañana siguiente iba a la iglesia, encontró a la desgraciada joven aún posesa; uno de los demonios que estaban en ella empezó a decir, burlándose del padre: “¡Ah hermano! ¡Si no hubieras tenido tu rosario, ya te habríamos arreglado!” Entonces el padre arrojó de nuevo su rosario al cuello de la joven diciendo: ‘Por los sacratísimos nombres de Jesús y María, su santa Madre, y por la virtud del Santísimo Rosario, os mando, espíritus malignos, salir de este cuerpo inmediatamente’; en el acto tuvieron que obedecer y quedó libre la joven. Estas historias ponen de relieve la fuerza del Santo Rosario para vencer toda clase de tentaciones de los demonios y toda clase de pecados, porque las cuentas benditas del rosario los ponen en fuga”.

CÓMO MEDITAR EL SANTO ROSARIO

El Papa Pablo VI dijo que, sin la contemplación, el rezo del Rosario es un cuerpo sin alma y su recitación puede convertirse en una repetición mecánica. El Papa San Pío V nos enseñó que la meditación es simplemente pensar y amar. Les ofrecemos algunas recomendaciones para meditar el Santo Rosario y lograr una oración más profunda que nos lleve a una conversión de vida.

  1. Céntrate en la Palabra de Dios. En el caso del Rosario, el objeto de la meditación son esos pasajes de la vida de Jesús y de la Virgen María que llamamos los misterios (gozosos, luminosos, dolorosos o gloriosos). Concentrados en ellos, podemos entrar en diálogo con la Palabra de Dios e identificarnos con Cristo para dejarnos transformar por él.
  2. Aquieta tu mente. Parameditar el Rosario, ayuda mucho estar en un lugar tranquilo. Además, uno puede necesitar un momento para sosegarse. Al empezar el Rosario con el Credo, el Padrenuestro y las primeras tres avemarías, aprovecha para relajarte y soltar tensiones y distracciones.
  3. Pide la ayuda divina. Mientras rezas las oraciones iniciales pídele al Espíritu Santo que guíe tu meditación para que puedas conocer a Cristo y la voluntad de Dios. Pide la intercesión de la Virgen María.
  4. Enfócate en el misterio. Antes de rezar cada decena, anuncia el misterio que toca. Por ejemplo: “Primer misterio gozoso: La Anunciación”. Crea un espacio para enfocarte en él. Es recomendable hacer un momento de silencio para fijar en la mente la escena y los acontecimientos del misterio. Es muy beneficioso leer el texto bíblico correspondiente. También es útil tener a la vista una imagen que represente el pasaje. Puedes mirarla mientras oras.
  5. Reza mientras contemplas. El Padrenuestro y las diez avemarías sirven como “música de fondo” para tu meditación y te ayudan a adentrarte en ella. Una de las formas de meditar consiste en repasar lentamente los acontecimientos que el misterio presenta. Imagínalos. Deja que tu mente se fije en alguna impresión o en algún suceso en particular para ir profundizándolo. Por ejemplo, en la Anunciación podrías detenerte en las palabras de María: “Hágase en mí según tu palabra”. Sigue meditando con ellas toda la decena.
  6. Observa la actitud. Otraforma de meditar consiste en prestar atención a una actitud que observas en Jesús o en María: cualquiera que sientas importante en ese momento. Por ejemplo, en la Anunciación, podría tratarse de la humildad de Dios que se rebaja para asumir la naturaleza humana. Reza la decena pensando en esa actitud.
  7. Vincula lo contemplado con tu vida. Permite que el  Espíritu Santo traiga a tu mente aspectos de tu vida cotidiana y te muestre en qué medida estás aplicando las actitudes del Señor o de su Madre. En qué medida te pareces a Jesús. Identifícate con el Maestro.
  8. Intercede por otros. Como el Santo Padre Juan Pablo II ha enseñado, la meditación de los misterios del Rosario nos conduce naturalmente a la súplica por otras personas y por las necesidades del mundo. Una vez más, déjate guiar por el Espíritu Santo.

CONSEJOS PARA UN BUEN REZO DEL ROSARIO

  1. Ora con el cuerpo. Para el ser humano el cuerpo es un medio de expresión. Todo gesto es un rasgo de nuestra persona y a cada gesto le corresponde, además, una vivencia interior. Busca y adopta una postura que te ayude a expresar el tipo de oración que estés haciendo: adoración, alabanza, súplica, etc.
  2. Escoge un ambiente adecuado. Aunque podemos orar en cualquier lugar, lo ideal es elegir un ambiente en que resulte más fácil evitar las distracciones. De ese modo no estropearemos nuestro encuentro con Jesús y con nuestra Madre Santa María. Puede ser de ayuda rezar en la iglesia o delante del Santísimo Sacramento. La contemplación de la naturaleza, como estar frente al mar, en un campo o en un parque tranquilo, u orar en una habitación iluminada con la luz tenue de una vela también pueden favorecer el clima de oración.
  3. Serénate. Es conveniente acallar todos los ruidos, especialmente las preocupaciones, pensamientos y distracciones que impidan centrar la atención en Dios.
  4. Entrégate a Dios. El silencio interior y exterior debe ir acompañado de una actitud de disponibilidad y entrega en el rezo meditado. Mantente siempre abierto a la voluntad del Padre.
  5. Reza de manera creativa. Haz uso de la Biblia, observa íconos o imágenes sagradas alusivas a los misterios, canta canciones religiosas. No permitas que la recitación del Rosario se convierta en algo aburrido o sin sentido, sobre todo cuando oras en grupo.

HISTORIA DEL ROSARIO

Los inicios

El Rosario es fruto de una larga evolución. En las sinagogas judías, antes de la venida de Cristo, el pueblo tenía la costumbre de recitar los 150 salmos para alabar a Dios. En los primeros siglos de cristianismo, los monjes heredaron esta costumbre. Con mucho fervor repetían los salmos en su oración o durante las actividades del día. Sin embargo, muchos no sabían leer, así que solo recitaban aquellos pasajes que recordaban. Luego rezaban el Padrenuestro.

Para ir contando sus oraciones los religiosos se ayudaban de cincuenta piedrecillas que guardaban en una bolsa de cuero. Tomaban una, recitaban el salmo y la arrojaban. Pero esto no era práctico porque al final del rezo tenían que recogerlas y muchas se perdían. No obstante, encontraron una solución. Los monjes tomaron un cordón al cual le hicieron 150 nudos. Se lo ataban a la cintura y así podían rezar con más facilidad. Allí se iniciaría el método de rezar con cuentas característico del rosario.

De los Salmos al Ave María

A partir del siglo IX, se hizo común entre los laicos la costumbre de rezar 150 Padrenuestros en vez de los 150 salmos. El método de rezar con cuentas se extendió por Europa, promovido por los monjes benedictinos de Cluny. Por ese mismo tiempo, el rezo del Avemaría se hacía cada vez más popular. Tal fue su impacto entre los creyentes, que terminó insertándose en la oración. En el siglo XII se empezaron a rezar 50 o 150 avemarías intercaladas por 5 o 15 padrenuestros.

El conjunto de 150 avemarías fue llamado el “Salterio de la Bienaventurada Virgen María”. A mediados del s. XV, uno de los hermanos de San Bruno lo llamó “Rosario”.

Cuando se cambió el rezo de los Salmos por los padrenuestros, las lecturas bíblicas no se dejaron de lado. Los religiosos decidieron acompañar sus oraciones por meditaciones inspiradas en la Biblia. Los textos escogidos para ello fueron extraídos del evangelio. Santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, utilizó este método para la evangelización y la catequesis con mucha eficacia. Gracias a los esfuerzos de los dominicos y de los monjes cartujos, en el siglo XV la comunidad cristiana llegó a rezar el rosario más o menos en su forma actual.

Los Misterios

Jacobo Sprenger, dominico, agrupó los pasajes bíblicos empleados y los llamó misterios. Existían tres tipos: gozosos, dolorosos y gloriosos. Esta división y la forma de rezar el rosario fueron confirmadas por el papa Pío V en la bula “Consueverunt” (17 de septiembre de 1569).

El último gran cambio en el rosario ocurrió en 2002 por iniciativa del Papa Juan Pablo II. El Santo Padre, que invitaba a la Iglesia a “contemplar el rostro de Cristo con María”, publicó la carta apostólica “El Rosario de la Virgen María”. En ella, introdujo los misterios luminosos. En estos contemplamos a Jesús durante su predicación. Podemos observarlo mientras caminaba entre nosotros y nos enseñaba el amor del Padre.

No sabemos si a los papas o a los fieles que rezamos el rosario se nos ocurrirán en el futuro maneras de rezarlo mejor. Lo seguro es que, en todo momento, seguiremos contando con la poderosa intercesión de nuestra santa madre, la Virgen María.